La secundaria como un espacio de confrontación cultural entre docentes y alumnos en un proceso fallido de comunicación.

COMUNICACIÓN Y ÁMBITO ESCOLAR



La secundaria como un espacio de confrontación cultural entre docentes y alumnos en un proceso fallido de comunicación.


Samuel Nicandro Luna Ángeles.
Estela Medina Barrón.
Patricia Santana Martínez.
Helia Zaragoza Cambrón.
ASESOR: Ma. Amparo miranda
Alumnos de la Maestría en Ciencias de la Educación
de la Universidad Bancaria de México.


Resumen
En este texto se presenta una exploración teórica de la caracterización de la comunicación e interacción dentro del espacio de la escuela secundaria en México como elementos fundamentales de realización y operatividad del proceso enseñanza-aprendizaje, factor esencial de la naturaleza escolar. En un primer momento se describe al estudiante de secundaria y su escuela desde un enfoque social, así como la naturaleza de la práctica docente en este nivel para luego dar paso a la identificación de generalidades de la comunicación y de la interacción subjetiva, concluyendo con las posibilidades del la comunicación efectiva como elemento de mejora del ambiente escolar y de impacto directo en la adquisición de aprendizajes y tiene por objetivo Conocer la intervención de las creencias de los participantes del acto educativo en la comunicación en el nivel secundaria.

Palabras clave: escuela, secundaria, estudiante, docente, proceso, enseñanza, aprendizaje, ambiente, interacción, comunicación, intersubjetividad.

Introducción
El paso por la escuela secundaria no es fácil, la adolescencia se encuentra presente en cada rincón de los centros escolares y se constituye como actor principal de un proceso bidireccional de enseñanza y aprendizaje en el que estudiantes y profesores establecen procesos de comunicación que fortalecen o debilitan el acto educativo; esa serie de intercambios continuos producidos en el encuentro e interacción entre sus protagonistas supone una acción recíproca y de apertura a la convivencia basada en la comunicación que debería desembocar en la integración coherente de teoría y praxis con un objetivo claro y preciso: el aprendizaje.
Freire (1997) refiere que:
“En las relaciones humanas del gran dominio, la distancia social existente no permite el diálogo. Éste, por el contrario, se da en áreas abiertas, donde el hombre desarrolla su sentido de participación en la vida común. El diálogo implica la responsabilidad social y política del hombre” (p.64)
La educación supone una acción dialógica y la escuela secundaria presenta características específicas que inciden en la realización de los procesos comunicativos que, en gran medida, se deben a la dinámica de las relaciones que se establecen dentro de este entorno, donde el respeto a las jerarquías pueden constituirse como barrera de los procesos comunicativos sin que éstos sean tomados en cuenta como parte medular de la creación de ambientes favorecedores del aprendizaje. Así pues, la bifurcación estudiantes como adolescentes y adolescentes como estudiantes emerge como un hecho imposible de separar de la realidad del contexto educativo escolar y en ese sentido la escuela debería abocarse a aspectos de la vida del estudiante como las culturas juveniles, trayectoria de vida y de estudio, la experiencia escolar, la identidad y las producciones culturales sin perder la noción de que la naturaleza de la escuela es asumirse como contexto de adquisición de aprendizajes, acotando que la interacción dentro del ámbito escolar incide directamente en el desarrollo de los mismos por lo que los componentes comunicativos y los modos de relacionarse de los actores escolares son punto de confluencia de una diversidad de perspectivas emanadas de referentes culturales nutridos a lo largo de la vida de los mismos, que durante el desarrollo del trabajo áulico son elementos que lejos de complementarse se enfrentan dando lugar a un ambiente adverso a la adquisición de aprendizajes; donde los jóvenes son el sector más sensible y vulnerable pues reciben de lleno las actitudes, opiniones y modos de ser del mundo adulto que los rodea; al respecto dice Uresti (2000) que “desde que los jóvenes se convirtieron en tema de investigación de los estudios sociológicos, son bien víctimas, victimarios o sujetos revolucionarios”p.68. La realidad es que la mayoría de los adolescentes en México se encuentran inscritos en el sistema escolarizado en el cual las etiquetas de mérito y demérito empleadas durante el siglo XIX siguen vigentes; Vega (1999) en su texto sobre la Cartilla Lancasteriana, alusivo a la normatividad escolar decimonónica, hace mención de las divisas como unas tablitas de regular tamaño que rotulaban al niño de acuerdo a su actitud: aplicado, juicioso, puerco, desaplicado, enredador o pleitista, entre otras etiquetas que se le atribuían al escolar; muchos de los docentes de la educación básica suelen etiquetarlos, en función de la lógica y la norma institucional, como “indisciplinados”, “apáticos”, “flojos”, “casos perdidos”; o bien se es “buen alumno”, “cumplido”, “responsable”, “obediente”, tal como apuntan Guzmán y Saucedo (2005). Y desde esta perspectiva se plantea el cómo intervienen las creencias y referentes culturales en la comunicación dentro del ambiente de la escuela secundaria.
El perfil deseable en el estudiante según el Plan de Estudio de Educación Secundaria 2006
Como punto de partida, el Plan de estudios 2006 para la educación secundaria reconoce la realidad de los estudiantes y establece la construcción de un currículo cuya prioridad sea la atención de los jóvenes y adolescentes, sin olvidar su carácter heterogéneo, implica considerar sus intereses y necesidades de aprendizaje, así como crear espacios en los que los alumnos expresen sus inquietudes y pongan en práctica sus aprendizajes (SEP, 2006a, p.18). El cual trasluce el carácter comunicativo del entorno escolar con la posibilidad dialógica entre los miembros de la comunidad escolar. En segundo plano, se establece que la educación secundaria en México debe contribuir al impulso de los aspectos que, de manera integral, potencian el desarrollo del estudiante:
El Plan estipula el desarrollo de competencias, las cuales “implican un saber hacer (habilidades) con saber (conocimiento), así como la valoración de las consecuencias del impacto de ese hacer (valores y actitudes)” (SEP, 2006a, p.11). De igual modo fomenta la movilización de saberes, que permiten al individuo desarrollar una determinada tarea con eficacia, capacidad que deberá insertarse en un proceso de aprendizaje a lo largo de la vida o permanente mismo que permitirá al estudiante dirigir de forma independiente su aprendizaje (SEP, 2006a, p.19). Dentro de esta perspectiva el aprendizaje para toda la vida puede considerarse como toda acción que se cimienta en la escuela pero que trasciende sus muros de tal modo que la vivencia escolar se convierte en una experiencia formativa para ser aplicada en todo contexto en el cual se desarrolle el estudiante. “La interculturalidad es una propuesta para mejorar la comunicación y la convivencia entre comunidades con distintas culturas, siempre partiendo del respeto mutuo”. (SEP, 2006a, p.19) Esta concepción se traduce en propuestas prácticas de trabajo en el aula, sugerencias de temas y enfoques metodológicos como el aprendizaje colaborativo y el reconocimiento de la diversidad donde la convivencia en el espacio escolar es básica pues la aceptación de la pluralidad facilita la integración. Las Tecnologías de información y comunicación son determinantes y necesarias para la enseñanza–aprendizaje. Se hace énfasis en que su uso en la educación está limitado debido a la negativa de los docentes que las consideran una amenaza ya que se prevé que estas, pueden reemplazar la labor académica, cosa ilógica ya que se menciona que para que estas “incidan en el aprendizaje, su aplicación debe promover la interacción de los alumnos, entre sí y con el profesor durante las actividades didácticas” (SEP, 2006a, p.25). Por último, la evaluación es retomada por la SEP (2006a) como un medio necesario para recabar información de manera continua a lo largo del proceso de enseñanza–aprendizaje; mas es no sólo una actividad propia del docente, sino que involucra a los alumnos quienes tienen que interactuar mediante la autoevaluación y la coevaluación; también es un mecanismo de rendición de cuentas que no ha de confundirse como mecanismo de control o de disciplina. Concluyendo que la evaluación va a permitir observar sistemáticamente las participaciones de los alumnos, para determinar el grado de dominio que han alcanzado en ciertos aspectos y las dificultades que enfrentan en otros. (p.52)
Lo acotado por el Plan 2006 en cuanto al aprendizaje permite concluir que éste es una acción propia de los estudiantes, quienes deberán ser auxiliados por los demás actores de la comunidad escolar, donde la figura del profesor como facilitador y guía es preponderante, lo cual tiene que ver con la realización de procesos comunicativos efectivos y redituables que coadyuven a la consecución de los rasgos deseables. Pero, por qué después de una generación egresada bajo este Plan y con las demás en marcha, ya con una reforma curricular dada en el 2011, tal parece que los rasgos deseados en los estudiantes no han sido conseguidos del todo. Y un punto importante al respecto, entre otros muchos, es la caracterización del estudiante de secundaria.

El estudiante de secundaria y su escuela.
La escuela secundaria es un mosaico de actitudes, posturas, pensamientos, emociones y sensibilidades trastocadas. Si bien, “la adolescencia no es un problema, es un tránsito como la vida misma” (Colina, 2003, p.38), se considera como centro de situaciones problemáticas por parte de los adultos que se desenvuelven alrededor de su comunidad más importante: los estudiantes, quienes se balancean graciosamente entre su afirmación vital y su ahorro de fatiga. La SEP (2009b) en su publicación Aprender de los alumnos de secundaria. Testimonios de adolescentes, recabó algunas expresiones que respecto a ellos mismos tienen algunos adolescentes:
Soy algien, divertido, amistoso un poco grosero y muy distraído también soy inteligente y algo sentimental (hombre, 15 años, región Oriente-Centro).
Soi chidaaaaa!!!!!!!! soi buena onda relajista muy muy pero un poco responsable.... no soi grosera…me gusta ser divertida, cuidar lo que dicen de mi y me gusta maquillarme jijiijijiji (mujer, 14 años, región Sureste) (p.22)
A partir de estos testimonios de hace evidente una perspectiva adolescente que difícilmente coincide con la expectativa de los adultos que acompañan su desarrollo en la vida escolar; en ningún momento se perciben como aprendientes sino que se conciben a partir de sus actitudes que si bien tiene relación con el contexto escolar y la interacción que ejercen en el mismo, no alude frontalmente a su desempeño académico.
Las evidencias anteriores permiten comprender la importancia de la interacción entre los protagonistas del acto educativo. Lozano (2007b) apunta que la percepción del alumno respecto a la escuela y su actuación dentro de la misma están en relación directa con su autopercepción respecto a su desempeño escolar, su autoestima, la noción sobre la seguridad del entorno y la escuela, las expectativas de los padres, las representaciones acerca de profesores y sus materias. Lo que nuevamente lleva a procesos de relaciones humanas fundamentadas en la comunicación cuya realización “exitosa” se centra principalmente en la actitud del estudiante. Y es el control sobre la actitud, identificada con la disciplina, que a modo de orden se ha convertido en la consigna de la escuela secundaria, como asienta Giroux (1996) la escuela es el sitio donde el orden es la tarea y la contingencia el enemigo; por lo que cualquier expresión asociada a la cultura juvenil transgresora de lo convencional es objeto de ataques que comienzan desde el acceso al centro escolar. Como si el mundo adulto anhelara una estabilidad inmóvil, abanderada por la civilidad, los valores y otras actitudes asépticas garantes de las perspectivas del mundo “real”, dejando de lado las perspectivas adolescentes en un ejercicio de excesos cotidianos, resumibles en actos simples mas no carentes de significación, como la eterna lucha con el corte de cabello que adopta inconscientemente la frase de Schopenhauer en su reglamento: “cabello largo, ideas cortas” (Colina, 2003, p.38). Todo indica que un buen día de escuela puede resumirse en la cantidad de sanciones impuestas para normar al estudiante bajo una estricta y puntual vigilancia de todo individuo dotado de autoridad, dentro de un espacio de salones fríos, paredes blancas, donde el uniforme es imprescindible salvoconducto para no ser objeto de puntillosas observaciones y sanciones características del carácter normativo de la escolarización.
¿Es acaso el adolescente promedio algo más que la fuente desbordada de malos ratos y espantadas restricciones? Y sobre todo, ¿hasta cuándo la percepción adulta se sacudirá el vendaje de la prohibición para percatarse de que las formas de inculcar responsabilidad en el adolescente lo tornan más irresponsable? Y ¿hasta qué punto la correa que sujeta al joven para que no se pierda es tan corta que ahorca? Y es el adulto educador quien al “enseñar a ser responsable” no entiende que cada individuo debe aprender a responder por lo que hace, sin hacer lo que otros esperan que haga y dejando atrás el miedo del “no perderse” que muchas veces conduce al no buscarse. Y justo, la secundaria se conforma por estudiantes que se caracterizan por la búsqueda para encontrarse y por ende, su autonomía debe ser alentada y no conducida ni censurada. Quien explora, indaga e investiga, desarrolla una actitud de generación de hipótesis y asume posturas claras ante sus descubrimientos. Comunica y se comunica.
Sin embargo, para esto habría que derribar la dura barrera de la autoridad escolar, esencia básica del proceso enseñanza aprendizaje, que se erige como retén de la cultura juvenil como elemento contracultural y censor de los pensares, los dichos y las expresiones juveniles en un torbellino de contradicciones descritas por Foucault (1988) como acciones panópticas en las que todo se vigila y todo se castiga por “el bien de los alumnos”. Además si se añade que escuela no ocupa el lugar que tuvo para las generaciones anteriores hecho del que deriva la crisis de perspectivas y los diferentes significados que los actores educativos elaboran en derredor a la misma. Actualmente, la escuela es vista como un elemento de estabilización social del que, en vez de haber promociones de ascenso social, las puede haber de descenso al no ser garantía de mejoras económicas. La histórica valoración de la escuela como institución se ha modificado al extremo, en el sentido de que la misma no es elemento definitorio de salvación ante la posibilidad de una caída social. Consecuentemente, la escuela está sufriendo un abandono, en ocasiones despreocupado, por parte de los sectores populares y medios pues esta anterior vía de mejora social, se desvincula progresivamente de la realidad socioeconómica. Lozano (2003a) afirma que la perspectiva adolescente con respecto a la institución escolar ya no se fundamenta en el hacia dónde lleva la escuela en caso de seguir en ella sino en el qué pasaría si se prescindiera de la misma. Como consecuencia, no es factible asociar la tradicional concepción adulta de escuela, ligada con la posibilidad de movilidad social, con lo imperante hoy día en la imaginería juvenil. Del mismo modo, a decir de Lozano (2007b), la significación que el estudiante elabora de la escuela se enfrenta a la gran preocupación que existe en la misma por imponer reglas de disciplina tales como: celebrar la ceremonia a la Bandera, portar uniforme, atender pasivamente en el aula los discursos y órdenes de los docentes, no ir al baño durante la clase, no decir groserías, mantener limpio el salón, no pintarse el pelo o traerlo muy largo, no besarse o tener contacto corporal, etc. y como resultado de esto, elaboran complejos comportamientos y significados que les permiten a algunos rebelarse abiertamente, a otros acomodarse en desacuerdo con estas reglas a fin de lograr mantenerse en la escuela y obtener su certificado o eventualmente evadirse de ella antes de concluir sus estudios. Por otro lado también es evidente que la escuela secundaria se establece como el medio necesario que encamina al estudiante a alcanzar una meta de educación superior, nivel que hoy día se considera como el remedio que anteriormente significó la secundaria o el bachillerato. De tal suerte que, “la secundaria por un lado, no sirve y, por otro, sirve para todo” (Uresti, 2000, p.64) y es en este contexto donde se da el otro elemento fundamental del proceso enseñanza-aprendizaje: la práctica docente.

Práctica Docente
La escuela es espacio de comunicación por excelencia pues se ocupa, principalmente, de la transmisión de saberes que conforman el mapa curricular de cualquier sistema educativo, mas en atención a lo dicho por Álvarez y Bisquerra (1999), no es el currículo explícito o formal, el que determina el desarrollo personal y social del educando, esto depende más del sistema de relaciones profesor- alumno y alumno-alumno que conforman la educación incidental o informal o “currículum oculto”, a través del cual el profesor actúa como agente de socialización y como formador de sus alumnos de manera no explícita, relacionada con la metodología, los estilos educativos y el clima socio-emocional que se genera en el aula (p.45). Una de las máximas preocupaciones de los docentes es la factibilidad de perder el control dentro del espacio áulico, lo cual conlleva a la ejecución de acciones caracterizadas por el autoritarismo y la imposición para con el estudiante desembocando en un deterioro gradual de la relación entre los dos principales actores del proceso enseñanza-aprendizaje: maestros y alumnos.
La práctica docente va más allá de una definición estrictamente técnica del rol del profesor. “El trabajo del maestro está situado en el punto en que se encuentran el sistema escolar (con una oferta curricular y organizativa determinada), y los grupos sociales particulares. En este sentido, su función es mediar el encuentro entre el proyecto político educativo, estructurado como oferta educativa, y sus destinatarios, en una labor que se realiza cara a cara” (Fierro, Fortoul y Rosas, 1999, pp.20-21). Por lo que la acción docente es de carácter social, objetivo e intencional; matizado por la significación, las percepciones y acciones de las personas implicadas en el proceso educativo, donde también existe la intervención de los aspectos político-institucionales, administrativos y normativos que las disposiciones de cada sistema educativo nacional establezcan para el desempeño docente. El docente es quien se vincula directamente con el estudiante de manera que, es el encargado de llevar a cabo y articular los procesos de enseñanza para, así, generar procesos de aprendizaje, a partir de la generación y recreación de conocimientos, capitalizando la comunicación directa que tiene con sus alumnos.

De modo que, la práctica docente es fundamental en virtud de lo dicho por Fierro, Fortoul y Rosas (1999)
La relación educativa con los alumnos es el vínculo fundamental alrededor del cual se establecen otros vínculos con otras personas: los padres de familia, los demás maestros, las autoridades. Se desarrolla dentro de un contexto social, económico, político y cultural que influye en su trabajo, determinando demandas y desafíos. Ella implica relaciones con los alumnos y alumnas: relación que se da por medio de un saber colectivo y culturalmente organizado, que la escuela plantea para el desarrollo de nuevas generaciones, con base en un conjunto de valores personales, sociales e instruccionales, pues tras sus prácticas, está el propósito de formar un determinado tipo de hombre y un modelo de sociedad (p.22).
Por tanto, considerando las dimensiones de la Práctica Docente abordadas por Fierro, Fortoul y Rosas (1999), el profesor debe asumir su práctica, tomando como punto de partida su condición humana, debe hacer constructos culturales desde el ámbito institucional, involucrando a propios y ajenos para lograr que los aprendizajes de los estudiantes se adueñen de sus procesos de aprendizaje con proyección social (p.30). La práctica docente tiene que ver con la realización del proceso enseñanza-aprendizaje, procedimiento de carácter epistemológico o cognitivo en el cual la enseñanza es la causa de la labor docente. Picardo (2005) establece que la esencia de la enseñanza está en la transmisión de información mediante la comunicación directa o apoyada en la utilización de medios auxiliares, de mayor o menor grado de complejidad y costo. Tiene como objetivo lograr que en los individuos quede, como huella de tales acciones combinadas, un reflejo de la realidad objetiva de su mundo circundante que, en forma de conocimiento del mismo, habilidades y capacidades, lo faculten y, por lo tanto, le permitan enfrentar situaciones nuevas de manera adaptativa, de apropiación y creadora de la situación particular aparecida en su entorno, afirmación que vincula de lleno la práctica docente como un hecho netamente comunicativo.


Conclusión
La comunicación es la interacción mediante la cual los seres vivos se expresan hacia su entorno y se corresponden con él. Es un proceso elemental para la construcción de la vida social como elemento primordial en la articulación del diálogo. Y es gracias a la comunicación que la sociedad y cultura existen: “es en la interacción comunicativa entre las personas donde, preferentemente se manifiesta la cultura como principio organizador de la experiencia humana” (Rizo, 2009, p.2) así que cualquier factor que se modifique en un acto comunicativo, altera o afecta las relaciones entre sus elementos. Por tanto, la comunicación es un acto de encuentro que lleva a sus participantes a la elaboración conjunta de significados, que se crean en la reflexión del contacto entre ellos, produciéndose así una diversidad de momentos generadores de emociones, interrogantes y reflexiones que dependen de la interacción y las significaciones elaboradas por los participantes, dado que son los impulsores en la construcción o reconstrucción del conocimiento.
A lo largo del texto se ha caracterizado algunos de los factores intervinientes en la realización del proceso enseñanza – aprendizaje dentro del contexto de la educación secundaria en México, en los que en todo momento la comunicación se hace presente y urgente dado que se manifiesta más como un choque de creencias que como la confluencia y convivencia de las mismas, repercutiendo de manera directa en el ambiente escolar que de algún modo repercute no sólo en la interacción de sus miembros sino en la adquisición de aprendizajes y en la conformación de las expectativas que de la escuela tiene el estudiante. Y es la comunicación emitida por el docente, de influencia tradicionalista de raíces conductistas que emplea metodologías y procedimientos repetitivos y mecanicistas utilizados en los procesos de enseñanza como medio para conseguir la manifestación de ciertos comportamientos y aprendizajes en este punto la relación docente y estudiante se produce por condiciones externas, que llevan a conductas estimadas como logros en el aprendizaje. Desde esta perspectiva, el proceso de la comunicación, en la esfera educativa, tiene su centro en la transmisión de conocimientos por parte del docente y en los esfuerzos realizados por el estudiante para acumular esos conocimientos, consignados por los programas educativos vigentes. La comunicación, entonces, no es un proceso dinámico, sino el control de conductas y antes de ser negociador de significados, el comunicador docente es el guía del proceso hacia un propósito fijo, permeado por sus referentes, sus ideas, sus perspectivas y sus expectativas en torno de la educación. Berlo, citado por Hernández (2001, p.4) describe este modelo de comunicación humana, en el cual plantea que “…la comunicación existe en la medida en que sea constatable, en que el estímulo produzca una respuesta y en que el refuerzo consiga la intencionalidad definida.
Al ser la práctica docente un entramado complejo de relaciones que repercuten dentro y fuera del contexto escolar es necesario retomar lo estipulado por Fierro, Fortoul y Rosas (1999) en torno dos de las dimensiones de la práctica docente directamente relacionadas con su naturaleza comunicativa:
Como parte de la dimensión personal, el profesor ante todo es un ser humano, por tanto, la práctica docente es una práctica humana. El docente debe ser entendido como un individuo con cualidades, características y dificultades; con ideales, proyectos, motivaciones, imperfecciones. Dada su individualidad, las decisiones que toma en su quehacer profesional adquieren un carácter particular. (p.33).
Esta dimensión personal se asocia directamente con la dimensión interpersonal en que la práctica docente se fundamenta en las relaciones de los actores que intervienen en el quehacer educativo: alumnos, docentes, directores, madres y padres de familia. Estas relaciones son complejas, pues los distintos actores educativos poseen una gran diversidad de características, metas, intereses, concepciones, creencias, etc. La manera en que estas relaciones se entretejen, constituyendo un ambiente de trabajo, representa el clima institucional que cada día se va construyendo dentro del establecimiento educativo. (p.34). En el ámbito personal, se concibe al docente como un ser histórico, capaz de analizar su circunstancia para una proyección futura y en permanente relación con su entorno educativo. Igualmente su dimensión interpersonal concierne al clima institucional, los espacios de participación interna y los estilos de comunicación; los conflictos que surgen y los modos de resolverlos, el tipo de convivencia de la escuela y el grado de satisfacción de los distintos actores respecto a las relaciones que mantienen. En suma, es un ser humano que, en esa condición, debe fungir como mediador de los aprendizajes de sus estudiantes.
La mediación, en sentido pedagógico, es una forma de interacción que posibilita, alienta y favorece el proceso de enseñanza-aprendizaje, en un ambiente educativo de participación, creación, expresión, colaboración e interacción, donde el educador adopta su labor docente como un acto comunicativo desde una perspectiva dialógica y hermenéutica al relacionar a su aprendiente con las asignaturas, los materiales, los métodos, el contexto, consigo mismo y con sus expectativas. Así lo expresa Martínez, citado por Hernández (2001, p. 15) cuando perfila al educador como “mediador entre los contenidos y el alumno, para hacer que aquellos se le presenten de forma estructurada y por tanto estructurante de su mente y su conocimiento”.
De acuerdo con lo anterior, es el tratamiento de contenidos integrados a procesos de aprendizaje y realización humana que hacen posible la construcción de conocimientos, creatividad, investigación y el intercambio de experiencias. Así, los docentes en su función de mediadores pedagógicos, se constituyen en facilitadores del aprendizaje y el desarrollo de habilidades. Esta tarea va acompañada de una motivación hacia los estudiantes que a diario verá en su clase, quienes conforman un mosaico de estilos cognitivos, ritmos personales de aprendizaje y conocimientos previos que confluyen o divergen en el aula. Son seres con posibilidades de crecimiento intelectual, lo que supone cambios conceptuales. A partir de estos elementos, el docente debe reunir los elementos necesarios para fomentar el logro de aprendizajes significativos y la búsqueda de la curiosidad intelectual, originalidad y pensamiento crítico, así como también, potenciar sus expectativas personales, intelectuales y sociales. La comunicación orilla al estudiante a la construcción de su conocimiento, a la movilización de sus saberes realizando interacciones personales y de investigación y deberá ir tras el significado de los términos, hacia la construcción de los conceptos, confrontarlos con los conceptos ya definidos para ajustar, y luego aplicarlos a situaciones conocidas y no conocidas en proyectos significativos, estructurando relaciones dialógicas cada vez más complejas. Lo que trae como consecuencia, la motivación para la construcción conjunta en un espacio dinámico de aprendizaje.
La mediación hace posible la generación de experiencias positivas y significativas de aprendizaje, gracias a la calidad de interacción entre el tema con el fin de establecer con el estudiante una intercomunicación dinámica y constructiva, tanto escrita como verbal y no verbal; el aprendizaje, al involucrar al educando en el proceso mismo del acto de aprender y el diseño y manejo creativo de los materiales que apoyan y constituyen elemento fundamental en el proceso generativo del conocer. Se debe tomar en cuenta la capacidad docente para generar un ambiente de aula, el cual propicie el desarrollo de aprendizajes autónomos, y busque orientar los procesos de aprendizaje de una forma más creativa e independiente. Desde este matiz, es preciso aclarar, la metodología utilizada por el docente debe desafiar al estudiante a hacer experimentos, resolver problemas reales del mundo que lo rodea y discutir todos aquellos aspectos que promuevan el uso del pensamiento crítico y comprender el cambio en el conocimiento. Por tanto, el docente genera las condiciones propicias para que el alumno y la alumna aprendan a activar los conocimientos y habilidades previas relevantes para los nuevos aprendizajes, ayudándolos a descubrir distintos caminos de resolución de problemas, búsqueda de información y a reflexionar sobre lo actuado. Es un profesor-orientador interesado en impulsar la interacción de los estudiantes con las actividades de aprendizaje, con los materiales, con los compañeros y provocar sus respuestas, considerando al mismo tiempo, sus limitaciones y ventajas, estilo de aprender, intereses y forma de ser.

Como consecuencia de lo mencionado, el docente participa del diseño de actividades de enseñanza-aprendizaje que posibilitan la construcción de aprendizajes significativos, abre valiosos espacios de participación activa, delega trabajo, contenidos y responsabilidades en estudiantes; al mismo tiempo, determina cuáles métodos y procedimientos promoverán la indagación, la formulación y reformulación de problemas. Utiliza el tiempo de aula con criterio: mantiene el interés y la motivación, prioriza el desarrollo de capacidades y habilidades para un aprendizaje continuo, forma actitudes en sus estudiantes como la diligencia, la imparcialidad, la curiosidad, la apertura hacia nuevas ideas y la capacidad de formular preguntas.

De acuerdo con la caracterización anterior del profesor, éste deberá realizar la práctica pedagógica y planeamiento didáctico de manera dinámica y creativa haciendo énfasis en la participación activa del estudiante, propiciando que se faciliten los espacios que permitan el diálogo y la discusión grupal para establecer la relación de conocimientos nuevos con los previos y se utilicen metodologías en las que el estudiante puede visualizar y ejemplificar lo aprendido; asumiendo el rol de profesor- comunicador y artífice de ambientes comunicativos propicios para el aprendizaje. Otro aspecto a considerar, dentro de la mediación pedagógica es la realizada dentro de una clase constituida de forma tradicional, en la cual el docente es el centro de todos los intercambios entre sus estudiantes e interviene en todas las relaciones con el material de estudio. Desde este ángulo, el aula se admite como un espacio estático donde impera el silencio y los estudiantes ocupan lugares fijos con el fin de realizar tareas uniformes.

A propósito de esto, es necesario que el profesor entienda que la organización del aula puede contribuir u obstaculizar el proceso de aprendizaje, además de propiciar o no un clima de apertura y diálogo. Es ineludible, enseñar a los estudiantes a trabajar en la diversidad comunicando ideas, cultura y estilos de aprendizaje. También, es imprescindible propiciar que la población estudiantil adquiera conciencia de su capacidad para modificar su estructura mental, y desarrollar conocimientos, habilidades, aptitudes y valores facilitadores de un aprendizaje autónomo. Para de este modo, diseñar estrategias y capacidades que le permiten transformar, reelaborar y reconstruir los conocimientos recibidos e interactuar de forma directa con la transformación de su entorno.

El aprendizaje es un proceso complejo, cuya construcción promueve destrezas comunicativas que requieren de la contribución activa del educando al aportar sus experiencias y conocimientos previos. Si bien se trata de una actividad individual se desarrolla en y para un contexto social y cultural, donde se produce un proceso de interiorización, en el cual cada estudiante acomoda los nuevos conocimientos en sus estructuras cognitivas previas. El docente por lo tanto, planifica actividades propias para el aprendizaje, y promueve la participación de sus estudiantes y guía el proceso a la construcción del conocimiento. Principalmente, el papel del docente es actuar como un agente de cambios, capaz de utilizar la comunicación pedagógica para propiciar transformaciones en las estructuras cognitivas de los estudiantes y su participación es fundamental para el desarrollo de estudiantes críticos, participativos, analíticos y reflexivos, llevando a cabo la enseñanza de estrategias de aprendizaje y habilidades para aprender significativamente como parte de su metodología.


Para finalizar, es inevitable afirmar que la escuela es un sistema que no escapa de ese contexto de relaciones que por medio de interacciones conforman un proceso social por lo que el proceso educativo es un acto social en el que, independientemente de quién o qué inicie la interacción, el resultado es siempre la modificación de los estados de los participantes quienes mediante ese recurso se afectan mutuamente, involucrando expresiones lingüísticas y simbólicas estrechamente vinculadas con la socialización en el contexto escolar; entendiendo por socialización la capacidad de relacionarse con los demás incorporando reglas, negociándolas y ajustándolas a sus necesidades. Pero, qué pasa en el entorno escolar cuando abundan quejas bidireccionales en torno a una comunicación fallida. En este sentido, los ruidos en la comunicación dentro del contexto escolar pueden asociarse a la diversificación y choque de significados elaborados por sus actores en relación a un mismo hecho educativo.
Significación y comunicación son indisolubles en las relaciones humanas y son punto de partida para explicar lo complejo de las relaciones que se establecen dentro del espacio escolar de la secundaria, el cual se proyecta como medio de confrontación cultural inmerso en un proceso fallido de comunicación dado por el choque de creencias y perspectivas, donde al parecer el empleo de una lengua común no es suficiente pues se presentan ruidos comunicativos que imposibilitan la realización exitosa de todo lo que atañe a la escuela, ¿Acaso es la intersubjetividad comunicativa la posible solución a este problema? Rizo (2009) define la intersubjetividad como el encuentro por parte del sujeto de otra conciencia que va constituyendo el mundo en su propia perspectiva. La intersubjetividad tiene que ver con la empatía y la acción dialógica de subjetividades, esencia de la comunicación y de la construcción de perspectivas más amplias y nutritivas caracterizadas por la creación de códigos comunes que posibiliten la mejora de los ambientes áulicos y los intercambios de información en esa relación cara a cara que caracteriza el proceso enseñanza-aprendizaje, sin menoscabo de las subjetividades conformadas por los referentes contextuales de cada uno de los actores, las cuales al confluir armónicamente permitirán un desarrollo efectivo de los procesos de autonomía y de autocontrol que permitirán al estudiante asumir el aprendizaje como un acto personal de comunicación e interacción unipersonal y ambiental en todo contexto en el que se desenvuelva.

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