K.Gergen: Las consecuencias culturales del discurso del déficit.

Por clbustos. En 2007-07-22 19:43:00 -0700
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Gergen considera que existe un aspecto paradójico en el campo de la salud mental, ya que en su intento de eliminar el sufrimiento humano, los especialistas realizan acciones que provocan nuevos problemas y que generan una enfermización de la sociedad.

 

El lenguaje pictórico y el lenguaje prágmatico en la comprensión del problema del vocabulario del déficit.


La base del problema, según el autor, sería la visión pictórica que predomina en la conceptualización del transtorno mental. Se señala la existencia de dos tipos de lenguaje: el pictórico y el pragmático. El primero haría referencia a la acción de crear términos que reflejarían condiciones existentes en la mente. De este modo, la gente expresa enunciados sobre su estado mental y el terapeuta intenta, a través de las palabras del paciente, "ingresar" en su mundo. Existen variadas críticas acerca de este enfoque pictórico del lenguaje en la ciencia, ya que términos constituirían meras construcciones; en la psicología, el problema es aún mayor, ya que no existe la posibilidad de crear referentes concretos visibles que unifiquen criterios, por diversos motivos. El lenguaje pictórico de los estados mentales, entonces, tendría un carácter reificativo, es decir, trata como real aquello de lo que habla el lenguaje, sin cuestionarse la certeza de ese conocimiento; esto no significa que en la mente del individuo no ocurran diversos procesos al realizar una acción, pero no nos es posible asegurar con certeza que un individuo "posea" un determinado estado mental al realizar determinadas conductas. Contrapuesto al uso pictórico del lenguaje mental encontramos el modo pragmático, que tiene como función el establecer el modo de relacionarse entre los individuos; el entregar información sobre un determinado estado mental tiene como objetivo no "describir" este estado, sino provocar determinadas reacciones en los individuos circundantes.

 

Efectos del vocabulario del déficit en la cultura.


En general, nuestra cultura tiene una orientación decididamente pictórica. De modo general, se acepta la auto-percepción de los estado mentales como algo válido, como también la posibilidad de hacer estudios científicos sobre estos, sin cuestionarse su real existencia. Si abandonamos la perspectiva pictórica del lenguaje (que busca entregarnos la verdad), encontramos que el lenguaje mental trae importantes consecuencias sobre las relaciones humanas, permitiendo determinadas acciones e impidiendo otras; los términos de salud mental tendrían funciones en el control social, manteniendo una cierta ideología y constituirían a las especialidades de salud mental en una industria, entre otras consecuencias. Por otro lado, el lenguaje de la salud mental tiene rasgos positivos: hace que determinadas conductas no normativas se hagan familiares, predecibles y naturales, sustituyendo el temor por reacciones más constructivas. Además, al estar unidas las especialidades de la salud mental con la ciencia, adoptan la idea del progreso y la esperanza del fin de las enfermedades.
Gergen nos estrega 3 consecuencias negativas del vocabulario de la deficiencia mental sobre la sociedad y el individuo:
  1. Jerarquía social: El vocabulario del déficit mental tiene como base diversas suposiciones sobre el bien cultural, sobre el ideal de personalidad y las ideologías políticas asociadas, siendo, de este modo, pautas de evaluación de las personas. Los términos del déficit mental degradan a los sujetos que son calificados, creando jerarquías sociales entre los "individuos poco ideales" y los "normales".
  2. Erosión Social: Los términos del déficit mental se insertan dentro de la realidad médica y, por lo tanto, participan de los conceptos de enfermedad, diagnóstico profesional y tratamiento; los individuos son eliminados de su contexto social para entrar en un proceso de "realineación profesional", lo que rompe los lazos del individuo con su comunidad. La comunicación que se establece con el terapeuta, en términos generales autoreferente, va en desmedro de la comunicación que debería existir entre los individuos en su vida habitual.
  3. Autodebilitamiento: Los términos del déficit mental caracterizan al individuo en su totalidad; no se limitan a una circunstancia particular, sino que afectarían a todas las conductas que el sujeto realiza; así, todas las acciones futuras del individuo, tras el diagnóstico, son vistas en función de su potencialidad problemática o en lo disminuida que puedan estar por el trastorno mental. Junto a esto, los existencialistas reclaman que el vocabulario del déficit le quita a las personas la posibilidad de sentirse actores de sus vidas, ya que las enfermedades mentales le impedirían llevar el control de sus pensamientos y acciones, las cuales sólo podrían ser guiadas adecuadamente por profesionales. Además, el vocabulario del déficit desvía la búsqueda de las causas de los trastornos de su contexto cultural, salvando a la sociedad de su responsabilidad.
 

El crecimiento profesional y la enfermedad mental:


Los términos de la psicología provienen del lenguaje común, pero las especialidades los transforman tecnologizándolos; este proceso se lleva a cabo asociando determinados vocablos a definiciones precisas obtenidas a través de técnicas especializadas obtenidas del método científico, desvirtuando el conocimiento un tanto impreciso del lego. Este proceso es autojustificado por la afiliación de las entidades de salud mental a las ciencias en general por su tecnologización, lo que lleva a estos términos a tener una base justificativa convincente. De este modo, términos del individuo medio son desvalorizados y pierden su fuerza para promover el intercambio social.
Los términos son apropiados ilimitadamente por los especialistas, quienes no tienen barreras para frenar el proceso. La expansión de este vocabulario del déficit ha estado a la par con el crecimiento del número de especialistas. Esto no se debería a una mayor conciencia de los problemas y una mayor sensibilidad hacia estos, como afirmaría el realista, sino que - según afirma la pragmática - la salud mental acrecienta sus filas para tener apoyo en su mundo construido; junto a esto, necesita el apoyo de la sociedad toda, que debe creer en su discurso y en su utilidad.
Los especialistas sacan los términos del habla cotidiana, los transforman y los devuelven a la cultura, en un proceso cíclico en que se acrecienta la influencia de los especialistas y se produce una "enfermización" de la sociedad, proceso que tendría, a grandes rasgos, 4 etapas:
  1. Traducción del déficit: Se acepta la existencia de la "enfermedad mental" y la existencia de un especialista que pueda tratarla. Los problemas de la vida cotidiana son traducidos a un lenguaje especializado, reformulándolos.
  2. Diseminación cultural: los términos del déficit mental, de acuerdo al modo de análisis científico del siglo XIX, fueron clasificados y sistematizados, lo que lleva a ser considerados como enfermedades constitutivas de una amenaza pública, pudiendo ser prevenidas al reconocerse los síntomas. Esta fue la lógica del movimiento por la higiene mental, que si bien ya ha perdido vigencia, ha dejado su legado en la continua aparición en el lenguaje común de los términos profesionales, la creciente presencia de manuales y grupos de ayuda, los amplios servicios de salud mental disponibles en el ámbito laboral, etc.
  3. Construcción cultural de la enfermedad: Los términos de la salud mental son absorbidos por la cultura general, siendo ésta así moldeada; acontecimientos antes inadvertidos pasan ahora a constituir síntomas de problemas mentales. Junto a esto, al expandirse el conocimiento sobre el conocimiento sobre estos trastornos, la gente aprende a como enfermarse, sirviendo el trastorno mental como instrumento de oposición social. En la medida que la gente se adapta al vocabulario del déficit mental, la necesidad de ayuda y de atención especializada aumenta.
  4. Expansión del vocabulario: A  medida que aumenta la necesidad de ayuda y el número de profesionales, éstos se ven en la necesidad de generar nuevos términos, tanto para ganar prestigio profesional, como para obtener dividendos de estos "descubrimientos". La gente, por su parte, al asimilar los términos, identificar los problemas y encontrar formas nuevas de tratamiento no especializadas, ponen en peligro el status del especialista, quien se ve obligado a sofisticar sus técnicas y sus términos. Este proceso de creación de vocabulario y expansión cultural, que provoca el debilitamiento de la cultura, pareciera no tener límite, ya que los términos pueden ser creados al infinito y estos, a su vez, generan nuevos problemas en la población, como ya hemos señalado.

Posibles vías de solución.


El autor propone la revisión de los términos del déficit mental, por la enfermización progresiva de la cultura que producen. No se propone la desaparición de los sistemas de salud mental, pero sugiere revisar el enfoque realista de estos; no basta con desestigmatizar al paciente mental basándose en un mero arreglo de las clasificaciones previas. El primer paso sería el fin de la importancia dada al diagnóstico estandarizado por los sistemas de salud oficial, que perpetua el realismo en el vocabulario del déficit. El siguiente paso sería crear un vocabulario, dentro de la especialidad, que privilegie la autoresponsabilidad y que de cuenta, también, de las pautas de relación entre los individuos. El objetivo final sería eliminar el concepto de "conducta disfuncional", que impide ver el contexto donde se realizan las acciones, las cuales siempre cumplen un cometido dentro del sistema, aunque este no siempre pueda ser bien entendido desde las perspectivas usuales.